miércoles, 7 de octubre de 2009

La venganza...

Dicen que la venganza es un plato que se saborea frío, que no hay que tramar nada porque la vida se encarga de ponerlo todo en su sitio y de dar justo castigo a quien lo merece. Que es el tiempo, el implacable, el que hace ese trabajo por nosotros. Dicen también que sólo hay que sentarse en la puerta de tu casa para ver pasar el cadáver de tus enemigos...todo este saber popular parece ir encaminado a hacer de nosotros seres menos vengativos o al menos a inculcarnos lo innecesario de la venganza preparada porque la que menos se elabora suele ser la más eficaz y por ende, la más certera. A mí me cuesta asumir esto, a mí me gustaría a veces poder urdir un plan para vengarme de quien yo considere oportuno, una maquiavélica estratagema para reequilibrar lo que hay pendiente en mi vida, una venganza ideada por mí de principio a fin y que por supuesto surta el efecto deseado: vengarme de ti, que sientas lo que yo sentí, que sufras por un sólo segundo todo lo que yo sentí, que te mires al espejo y no puedas soportar lo que ves...Sí , me gustaría ponerte en el sitio en el que yo creo que deberías estar y no esperar a que se obre la justicia poética que parece que todo lo que puede y a todos nos llega.




Entonces recuerdo cuanta energía desperdicio en tal empeño, cuán inútil es tratar de castigarte, porque tú eres inmune a todo eso y a mucho más. Porque nada que venga de fuera te afecta, porque nadie puede hacerte daño, ni vulnerar tu arcadia de felicidad e indiferencia, porque tú solo te bastas y te sobras y no necesitas nada más. Y tengo muy presente que yo no puedo vengarme ni puedo hacerte daño aunque me lo proponga, porque tú eres tu peor enemigo.

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